
Dormida en su cuna, Inocencia soñaba con campos de flores, ríos llenos de agua cristalina, con bocas llenas de risas, y labios que no paran de repartir besos. Soñando con besos, risas, ríos y flores, inocencia dormía feliz.
Salió un día de la cuna, de su casa, de su calle y encontró los monstruos de los que tantas veces había oído hablar. Encontró el odio, el miedo, el fracaso, las burlas, las penas, el llanto y los lloros que la acompañaron muchos días.
A Inocencia la ingresaron en el asilo, donde ya con la mano temblorosa, recuerda un hogar y unos juegos infantiles debajo de un naranjo con primos y hermanos. Recuerda risas, besos y riñas. Recuerda el calor del pan con aceite recién tostado y el sabor amargo de las naranjas del sitio de su recreo. Cuenta a quien quiera escucharla historias recuperadas del olvido y enmarcadas en tiempos de inocencia, de hambre de conocer y de sed de saber.
El último día, después de su última cena, detrás de una última lágrima rodando por su mejilla se atrevió a decir: "No mereció la pena conocer lo conocido".











